Cuando no escribo.
No se puede amar sin intuición. Graham Green. El americano impasible (1955)
Nuestros vínculos son nuestros templos, lo que adoramos. A lo que nos entregamos, lo que investimos con fe. Elige tus vínculos con cuidado. Elige tu templo de fanatismo con atención. David Foster Wallace (1995).
Fue un verano, Jorge tendría 22 y venía al pueblo a pasar las vacaciones. Que viviera en la Capital y lo que allí hacía me parecía heroico: Hacía Derecho. Hacía, así decían. Para mí eso estaba en sus camisas entalladas que vi por primera vez, y en el bigote; también en que fuera del mundo adulto pero mantuviera las juntadas de amigos. Todo en él tenía la marca de andar sin vueltas. Esperaba su llegada. Quería contarle que iba hasta el desierto en la mini roda. Sería un viaje tan largo que necesitaríamos llevar agua. Tenía reservada la cantimplora más grande, para los dos. Iríamos por el camino de sirga del canal grande, hasta los últimos tamariscos. Subiríamos la barda norte donde el viento limpia los olores mohosos del agua contra las orillas. Hasta la meseta, desierto, arena y alpatacos.
Nada de eso ocurrió. Mamá le dijo que mi letra sería motivo del fracaso en tercer grado, y él aceptó hacerse cargo. Sobre la mesita de luz del lado de papá estaba abierto el cuaderno de caligrafía. Los trazos limpios, seguros, imposibles para mi desprolijidad, la misma que veía en el espejo del armario: la remera a rayas azules, demasiado chica, no llegaba al pantalón corto del que asomaba, por las bocamangas, partes del calzoncillo con tamborcitos rojos, el que mamá me había dado a la mañana:
–Dani, que estás dejando el colchón todo cochambroso.
Me negué a obedecer. Jorge gritó una amenaza y agarró la pantufla de papá, y fue cuando vi que el faldón de su camisa se había salido del pantalón. Ya no lo escuché, sé que le grité, temblando y antes de escapar, que nunca iba a escribir así, y que en el futuro habría máquinas que escribirían por nosotros, esto último no sé si lo dije. Él recordaría aquel enero porque con papá quemaron libros en el patio; yo porque decidí no hablarle y comprobé que eso no le importaba, o no se daba cuenta, que era peor.
Meses antes de que papá muriera fuimos con mamá a visitar a Jorge a la Capital. Tenía catorce años y me habían dejado sólo en su monoambiente. Mirando su biblioteca me encontré con Sexus; La máquina de follar; Delta de Venus; Diario de una princesa rusa. El grabador de cinta Sony, de grandes ruedas plásticas, sirvió para que grabara algunos párrafos. Al escuchar lo que había grabado descubrí que entre esa voz y mi cuerpo todos los límites podían ser traspasados. Me quedé dormido abusando del descubrimiento. Cuando desperté él había cubierto mi desnudez y vuelto a acomodar los libros. La tapa del Sony estaba en su lugar. Mamá llegó para la cena. No llegué a darle las gracias.
Hoy, que tengo diez años más de la edad en que él murió ¿A qué vienen estos recuerdos? Vicente Zito Lema dijo: Una cosa es la memoria como pasado quieto, como lo que fue y ya no es, y otra es la actitud de la rememoración, que en síntesis sería: no olvidar pero traer esos hechos para que en el hoy cobren vida. No se trata solo de mostrar como fue aquello, sino también, mostrando lo que fue aquello ver las causas reales por lo que sucedió aquello. (Sans, D. Impunidad, recuerdo y rememoración. En, Trelew. Una ardiente memoria. Zito Lema 2015)
¿Para qué cobra vida esto? Rememoro al niño que no escribía (prolijo) y al adolescente que descubre el motivo erógeno de la lectura (y de la letra prolija). Rememoro el vínculo con mi hermano mayor, presente aun en la distancia, más presente que mi padre. Aquel vinculo-templo me proveyó de – y ayudó a curar– la alienación silencicida inactual, hoy vuelve para aliviar mi corposubjetividad de la psicodeflación actual.
Corposubjetividad es, para Enrique Carpintero (2014. El erotismo y su sombra.), la forma de entender la subjetividad como producción corporal. Cuerpo orgánico; pulsional; erógeno; imaginario; simbólico y político interrelacionados permanentemente. Toda producción de subjetividad es corporal y está imbricada en las relaciones de producción y en la vida cotidiana. Carpintero retoma Freud (pulsión y aparato psíquico) y a Spinoza (cuerpo como todo lo que afecta y es afectado por otros cuerpos) para superar las dicotomías clásicas entre mente y cuerpo o individuo y sociedad: los cuerpos no solo “están” en el mundo, sino que participan constitutivamente en la subjetivación, inscribiendo y escribiendo experiencias, normas culturales y marcas históricas en la constitución del sujeto.
La psicodeflación es un concepto que Franco “Bifo” Berardi desarrolla en su texto Crónica de la psicodeflación (CRÓNICA DE LA PSICODEFLACIÓN Bifo Berardi PDF | PDF | Axioma | Capitalismo, vista 16/1/26) escrito durante los primeros meses de la pandemia de COVID-19. Se refiere a una disminución profunda de la energía psíquica colectiva y de la aceleración social, provocada por el impacto simultáneo de la crisis sanitaria, económica y comunicacional. Berardi describe cómo un “virus semiótico” metáfora del miedo, la infoxicación y la crisis, bloquea o “desinfla” la lógica de crecimiento y aceleración del capitalismo contemporáneo, generando una paralización de deseos, acciones y expectativas. Como si el inconsciente colectivo perdiera tensión y ritmo. La psicodeflación no es solo una reacción a la pandemia en sentido sanitario, sino una forma en que el colapso del ritmo de vida hiperacelerado y los psicotraumas se traducen en una suerte de “desinflado” de la subjetividad colectiva, con efectos tanto negativos (depresión, pasividad, miedo) como potencialmente transformadores (revisión del capitalismo, crisis y superación).
Laetítia escribió Bendito Spinoza en el libro tercero de su Ética demostrada según el orden geométrico (1661-1675). Lo imagino a la luz de la vela. Nos legaba una alegría inmanente del tercer género de conocimiento. Ciencia Intuitiva que superando el primer y segundo género hace tesis. El vínculo-templo que adoramos. Somos templo del Dios viviente. Graham Green escribió en El americano impasible (1955): No se puede amar sin intuición. Convoco a un amor y una alegría sobrias que restauren las potencias a los cuerpos en las noches más oscuras, cuando no escribo.
(Continuará…)




Me encantó, y el título me recuerda a Mientras escribo, el mejor libro que me recomendaste hasta ahora.