Cría
Escribí esta memoria rota y fragmentada para no dejar morir un puñado de escenas que ahora cuentan quién soy. Sandra Russo
Ardea Alba. Puente Cero. 4/5/26.
La Garza blanca o Ardea alba se refleja nítida sobre el agua del canal de riego. Mide algo más de un metro y medio. Me detengo sobre la orilla norte. La fragilidad de sus patas oscuras contrasta con la quietud y la tensión depredadora. Al cuello retraído que, alargado supera su eslora, lo extiende y como un látigo, hunde el pico; saca la presa; la lanza levemente al aire y la engulle. Con una zancada vuelve a su posición cazadora. Las Garzas blancas tienen su zona de invernada en la Patagonia y esta está como suelo encontrarlas, sola. Verla hoy me recuerda que soy testigo de todo lo que existe, lo que alude a una realidad completa y perfecta. Dios, sustancia o absoluto le llamaba Bendito Spinoza. La Ardea Alba se destaca nívea contra el borde barroso del canal que, hace unos días corría a buen ritmo y, a mediados de otoño, tiene el fondo cubierto con charcas extendidas. Las más profundas no alcanzan más de veinte centímetros, ideal para la caza de alevinos.
Pedaleaba por la orilla opuesta y me detengo, estoy a quince metros, ajusto el zoom de la cámara, pero en mi celular es aún pequeña. Avanzo. Su posición marcial cambia se eleva desde las patas y abre las alas que, desplegadas son tan blancas que hacen irreal todo el paisaje. Dos o tres aleteos leves, un planeo majestuoso, apenas una rúbrica de su imagen sobre el agua. Ingrávida, vuelve a pararse más allá. Soy un sigiloso cazador, me acerco. Se vuelve a inquietar; salta; aletea; planea; se posa. Antes le disparé varias veces. Selecciono una en que está acuatizando con las alas en semiflexión, el reflejo en el espejo líquido es copia exacta de su blancura nimbada.
Estos encuentros furtivos me ponen el cuerpo, me embalo en la rodada con frenesí, por momentos aúllo, parado sobre los pedales. Salen de entre las chacras unos perrazos que me torean, los encaro gritando, les ladro con tanta fuerza que se van con la cola entre las patas, hasta que no doy más con el corazón desquiciado.
La foto que seleccioné se las mando por WhatsApp a Torino para que la vean Tamara y Danilo, allá es primavera. A Joan que vive frente al palacio Barolo y cerca de la Casa Rosada. También se la reenvío a Casandra que está en Haifa y allá hay una guerra. Por fuera de mis crías que están en patrias lejanas, se la envío a Mel, ella es una de las miles de docentes que renunciaron a la universidad, luego de años de trabajar juntas me dice que no le alcanzaba para pagar el combustible de Centenario a Cipolletti. Acá también hay una guerra, de la que no se habla.
(Fragmento)



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